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Balas y blablablá

Pablito Mondragon on 19 Marzo, 2016 - 2:10 pm in Noticias

E

l octavo largometraje de Quentin Tarantino (si se cuentan las dos partes de Kill Bill como una sola película) lleva la cuenta hasta en el título, Los 8 más odiados (más odiosos sería la traducción exacta). Según el propio director, su jubilación será hasta que realice su décima película. A juzgar por los resultados, ya se está tardando.

Por mucho que uno esperase, en vano, un signo de maduración de Tarantino, él sigue haciendo cine como una especie de adolescente grandulón, obsesionado por recrear sus fetiches de cinéfilo y repetir los tics que algunos han confundido con estilo. Los 8 más odiados es su segundo ejercicio en western, tras su inflado Django sin cadenas (2012).

La acción se sitúa en Wyoming, unos años después de concluida la Guerra de Secesión. En medio del invierno, una diligencia es ocupada por el cazarrecompensas John El Verdugo Ruth (Kurt Russell) y su prisionera Daisy Domergue (Jennifer Jason Leigh); en el camino recogen, de mala gana, a otro cazarrecompensas, el mayor Marquis Warren (Samuel L. Jackson) y a Chris Bobbins (Walter Goggins), quien dice ser el nuevo sheriff de Red Rock, el destino de los viajeros.

Una tormenta de nieve obliga a hacer una parada en la Mercería de Minnie, estación del camino donde se encuentran Oswaldo Mowbray (Tim Roth), verdugo de Red Rock; el general confederado Sanford Smithers (Bruce Dern), y el vaquero Bob Gage (Michael Madsen), bajo las atenciones del mexicano Bob (Demián Bichir). Ya reunidos los ocho personajes del título, la película se desarrolla como un verborreico –y eterno– whodunit a lo Agatha Christie, en el cual se intentará deducir la verdadera identidad homicida de algunos.

Dentro de un espacio del mismo tamaño que el recibidor de un hotel de lujo, Tarantino no aprovecha esas dimensiones para una puesta en escena especialmente inventiva, porque su interés primordial es que se pronuncien sus diálogos, llenos de anacronismos y referencias a clásicos del género. Eso permite sobreactuaciones de un grupo de estimables intérpretes. Es, en esencia, el enfrentamiento encerrado entre forajidos y representantes de la ley de Perros de reserva (1982) sin el peso moral de sus personajes. Todo conducirá al previsible baño de sangre, resuelto sin la gravedad dramática de su opera prima.


Fuente: http://www.jornada.unam.mx/2016/02/06/opinion/a06a1esp

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